De qué hablo cuando hablo de odiar la 85

Cada que un amigo me invita a la 85, o sea donde rumbea la gente bien en Bogotá, una parte de mí muere.

Por: Silvia Juliana

Siempre empieza igual: “vamos a este sitio, es un rooftop la verga en la 85″. Piiii. Mi cerebro hace corto circuito. Mi cuerpo sigue ahí, pero mi mente ya está pensando en todas las cosas que hay que cumplir para ir a rumbear a ese lugar “la verga” donde mi amiga quiere celebrar su cumpleaños.

Primero, hay que ir muy bien vestido. Fue hasta cuando llegué a Bogotá que supe que había dress code para entrar a un sitio, que si eres hombre no zapatos de suela blanca, que si eres mujer tacones o sino vas a desentonar. Hermano, en Santa Marta bailamos champeta en short y chancletas, cómo me vas a pedir que me produzca para venir a bailar acá en tu chuzo.

Luego, llego al sitio y ¡jueputa! Todas están mejor vestidas que yo, porque obvio, no estoy acostumbrada a salir a estos lugares, no sé qué es lo que está de moda, ¿qué son todos esos boleros?, ¿las muchachas no se ponen chaqueta en la noche bogotana?, ¿cómo vas a perrear montada en esos zancos? Y ni hablar de los tipos, todos están vestidos como unos muchachitos muy profesionales, de esos que saben de acciones, de golf y de carros, ¡puaj! Quítense esos mocasines, desamárrense ese saco del cuello, vivan un poco.

Durante la fiesta hay que sortear varios detalles. Primero, el trago excesivamente costoso, lo cual casi siempre nos obliga a mis amigas y a mí a emborracharnos con anterioridad en Carulla, porque hey, ¿quién va a pagar $200.000 por una botella de ginebra que normalmente vale $30.000? Ni que fuéramos Santodomingo. Luego está el hecho de que en esos bares nadie parece soltarse verdaderamente, están ahí, muy aplicaditos, siguiendo convenciones de cómo se debe comportar cada uno: la chica espera con un baile recatado que el chico atrevido sea capaz de sacarla a bailar. Mientras tanto yo estoy haciendo bailes estúpidos, en medio de mi propia revolución contra todos los estereotipos que veo pasar frente a mí.

En conclusión, rumbear en la 85 me parece lo más antiséptico que existe. Si quieren llévenme a sombrillitas, que allá sí puedo poner la música que quiera.

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3 comments

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  1. Felipe Huertas

    Hahahaha… Siento que te quedó corto el artículo, son tantas las sorpresas, las personas disfrazadas, las normas de vida que uno se encuentra en ese lugar, que pudiste escribir 10 hojas… Pero comparto tu opinión… Quién en esta perra vida quiere a un huevón mirándome feo decidiendo si me deja entrar o no, para además pagarle el cover Hahahaha yo soy marica, pero no TAN marica.

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