Escribir como los grandes

Desde que era peladito, mis viejos siempre se esforzaron por inculcarme el amor por los libros. Navidad tras navidad, se negaron sistemáticamente a regalarme un xbox, así que las torres roja azul y amarilla de Norma fueron a mi infancia lo que Mario, Luigi y Donkey Kong a la de mis primos. De hecho, hasta una edad vergonzosamente avanzada, creí que el mico se llamaba Don King Kong.

Por: @aquiestadiego *

Naturalmente, crecí soñando con ver algún día mi nombre en la portada de algún libro, así que pasé toda mi adolescencia escribiendo textos melcochudos, con muchas ínfulas pero muy poquito corazón, que siempre me dio pena publicar y hoy siguen guardados en un disco duro que -supongo- debe estar arrimado en algún cajón de mi cuarto.

Me costó mucho, pero de a poquitos logré entender que escribir bien no es juntar palabras que suenen lindo, sino ser capaz de dejar el alma, la vergüenza y la dignidad en un texto, sin preocuparse por qué van a decir los papás, los amigos, ni el ala uribista de la familia sobre las bestialidades que uno escribe.

Cualquiera puede, como yo lo he hecho durante años, escribir bobadas sobre política y
trivialidades, algunos incluso logran desarrollar un estilo chévere y fácil de leer. Pero lo que diferencia a los grandes escritores, así no tengan más que un blog, es poder escribir de amor, de tragas malucas, de tristeza o de fracasos emocionales sin sentirse juzgados, sin sentir que el mundo se les va a venir encima por sus sentimientos.

Alberto Fuguet me ayudó a entenderlo cuando tocó este tema en ‘Missing’, la búsqueda eterna por su tío desaparecido hace tres décadas:

…soy el escritor de la familia, la oveja negra de la cual están orgullosos y a la vez temen, el que les ha dado alegría y pena, el que provoca odios y asco y temor, el que habla poco pero publica mucho, el que sintió que las peores críticas a sus primeros libros venían de adentro. (…) Les pido aquí, por escrito, perdón. Les pido comprensión. Esto no tiene tanto que ver con ustedes ni conmigo, aunque todos estaremos presentes.

Yo, como no he sido capaz de lograr quitarme esa pena, me quedo con mis trivialidades.
Porque comparada con una traga maluca, no hay nada más trivial que la política. Por ahora mi desamor, mis culpas y mis desatinos emocionales mantienen guardados en una libretica negra que -sé- está en un cajón de mi cuarto.

 

 

* (25) vive en Bogotá con su hermana Luna, se graduó de Comunicación pero casi no ejerce. Cuenta muchos chistes malos, adora los perros y lidera una cruzada personal contra la pizza con piña. Su blog personal es .

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