Val, mi mamá y yo

La semana pasada hubo dos momentos que desafiaron mi mal feminismo: la visita del Papa a Colombia y ver Amazona. Del primero no voy a hablar porque ya cuestioné y me cuestionaron. Esta entrada se trata de lo segundo.

Por: Silvia Juliana

El documental colombiano Amazona cuenta la historia de Valerie Meikle (o Valerie Guarnizo, su primer apellido de casada, como aparece en los créditos) y la relación con sus hijos, especialmente con Claire Weiskopf, la directora.

Valerie, o Val, como le dicen, es una inglesa que vino a Colombia por primera vez en 1960, detrás de un colombiano, con quien se asentó en Armero y tuvieron dos hijas. Luego de un tiempo, Val se aburre de la vida de “señora bien” y lo deja todo. Su esposo y sus hijas quedan atrás y emprende la búsqueda de su propia felicidad, la única que le interesa.

Recuerdo que por ahí en el 2012 vi un trailer de este documental en una página de crowdfunding, contaban que Val era la última verdadera hippie. Y sí que lo es. Apenas salimos de la sala, lo primero que dijimos Sebastián y yo fue “la vieja es una hija de su época”. Parece como si Val hubiera tomado TODOS los mensajes, todas las luchas, todo lo que preocupaba a los ingleses en 1960 y lo hubiera acogido en su vida.

Como resultado, Val empieza a vivir en una comuna hippie donde conoce a Jim y conciben a Claire, la directora. Luego llegaría Diego, su último hijo. En ires y venires entre Reino Unido y el campo colombiano, van creciendo sus hijos menores, mientras las mayores los visitaban ocasionalmente.

 

No cuento más porque tampoco les quiero spoilear toda la historia. El caso es que a partir de los 11 años Claire decide irse a la ciudad y Val toma el camino de la selva que la lleva hasta el Amazonas, donde vive actualmente.

Diego, el menor, cuenta en el documental que se separó un tiempo de su mamá cuando era niño porque él le había dicho que se quería quedar en la Sierra Nevada y ella lo había dejado, así como si nada. Luego, se fue a la ciudad y conoció las drogas, las cuales, por lo que entendí, aún no ha podido dejar.

Mientras se cuenta la historia, vemos a Claire aparecer más y más, mientras que le crece la barriga. Está embarazada y quiere respuestas de parte de Val. “Yo creo que todos necesitamos una familia, un sustento, algo a donde llegar” le dice a su mamá.

Viendo eso solo pensaba “qué señora hijueputa”, “¿cómo deja a los hijos así?”, “egoista”. Por eso decía que el documental había desafiado mi feminismo, ¿y si el que los hubiera dejado fuera el papá?

Pero oigan, esto no es un caso de blanco y negro. También mientras veía me acordaba de mi propia historia. Como algunos que me leen saben, siempre hemos sido mi mamá y yo contra el mundo. Ella quedó embarazada muy joven, intentó convivir con mi papá y no lo lograron.

Joven como era, tenía un montón de metas y sueños por cumplir y los tenía clarísimos. Así empezamos viviendo en San Andrés, luego en Santa Marta y luego ella volvió sola a San Andrés, todo por avanzar laboralmente. Y volvió sola porque yo lo quise, es decir, como Val también me dejó en la Sierra. Yo tenía nueve años y mamá ya me dejaba tomar mis propias decisiones, me quedé con mis abuelos un año entero.

No fue fácil, separarme de mi mamá era dolorosísimo, sin contar que ese año también mi papá se fue a vivir a Estados Unidos y no lo vería en los siguientes cuatro años. Mis papás siguieron con sus vidas, por ellos.

Quisiera decirles que da lo mismo que tu mamá te deje a que tu papá te deje, pero no lo es. Se le nota a Claire, se le nota a Diego y se me nota un poquito menos a mí. Las veces que he querido preguntarle a mi papá los porqués son infinitas, pero él, como Val, piensa distinto, piensa por él. Mamá pudo haberse sacrificado menos, pensar más por ella.

Hablar de Amazona me recuerda a otro documental que vi este año, de Camila Guerrero (que pueden y deben ver aquí), en el que cuenta su relación con su mamá. Darse cuenta que las mamás no son perfectas y que las relaciones entre padres e hijos no están mediadas por el sacrificio, ni por el tal “amor sacrificado”, sino por el amor puro quizá puede ser la primera forma de dejar de juzgarnos tan duro.

A Val la juzgué, porque entiendo el dolor y la soledad que pudieron sentir sus hijos. ¿Está bien ella? No sé. Lo único que sé es que yo hubiera hecho las cosas distinto.

A mamá la juzgué siempre que vivió un poco afuera de los límites de mi presencia. Eso estuvo mal. Ahora quisiera que fuera un poco más Val, que viviera la pura felicidad propia.

Ps: No crean que María Mónica nos abandonó, anda de viaje, viviendo la vida y ya llegará con sus historias.

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