Cartagena, para los cartageneros

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Cartagena de Indias, 2017.

Por: María Mónica Acosta

Yo nací en Cartagena de Indias, hace 26 años en el hospital Naval, que queda al frente del mar con el salitre comiéndose cuanto metal se le atraviese. Yo crecí, primero en el Pie de la Popa, en la calle Mompox, con terraza y jardín, abuelita en mecedora tomanto tinto con suficiente azúcar para matar a un diábetico, con señoras/palenqueras que vendían alegrías, cocadas, bollo de mazorca, bollo limpio, fritos y el loco del barrio que pasaba por ahí pidiendo almuerzo.

Y luego en la isla de Manzanillo, conocido como el lugar donde el presidente de turno recibe a sus “huéspedes ilustres”. El que lo entendió, lo entendió.

La isla de Manzanillo no es exactamente un fiel reflejo de Cartagena. Primero porque su población es flotante. Un día tienes un vecino paisa y al día siguiente su familia fue trasladada a Puerto Leguízamo y tienes una vecina cucuteña que no le gusta que estés bajando mangos del palo al lado de su casa. Segundo, yo andaba a mis anchas en bicicleta/patines/patineta por las calles, parques, muelles o cualquier superficie plana bien pavimentada, algo que no es propio de Cartagena.

Tres, había cuanto animal se pudieran imaginar y cuarto, había más cachacos que gente. Y todo se volvió muy notorio cuando empecé a ir al colegio en Cartagena y ya no en Manzanillo, porque yo tenía un acento no tan cartagenero y de pronto parecía una extraña en mi propia ciudad.

Quizá entonces no era tan cartagenera. Yo que me sabía toda la historia de la conquista, colonia, rebelión, independencia, otra vez conquista de la ciudad. Me agarré con Cartagena (por esa y otras razones) y no veía la hora de irme y estar lejos de ella.

Han pasado ocho años desde que vivo en Bogotá (todavía muy de mala gana digo esa oración) y no sé en qué momento me pelié con mi ciudad, y me fui. No pasa un fin de semana sin que prefiera estar en ella, en la hamaca sintiendo el calor y la humedad. Me da durísimo que, a veces, ya no recuerdo bien meterme por Ternera para llegar a Manga cuando las vías del centro colapsan.

Sigo en redes a cuanto chuzo, invento, político de turno pongan por allá porque no me quiero sentir de afuera, y así llegué a Cartagena Federal. Fue como si alguien contara en cada episodio las cosas que yo veía, pensaba, que sentía propias o viera como injusticias o problemas de la ciudad y hubiera armado un podcast, bien hecho, bien jalado.

Cartagena Federal se mete con esos temas que no se ven en la fotografía que tiene este artículo. Con lo incómodo, con lo trágico, con la desigualdad, con el machismo de mi ciudad, con el calor pegachento (mención gratuita para Electricaribe!) y con lo que me pasó a mí, darla por sentado y creer que Cartagena siempre estuvo ahí.

Cuando lo escucho sé que jamás volveré a ser tan tonta de sentirme así, ajena a ella. Ah, y pues Mildre Cartagena, Mildre es un resumen de mi infancia así mi mamá no sea cartagenera, quizá el acento no es el mismo, pero la esencia es la misma.

Estos dos descubrimientos recientes me han despejado cualquier duda de que no hay nada que hacer, definitivamente soy de allá y extrañaré siempre sus cosas, sus costumbres, sus sonidos y sabores hasta que regrese. Quizá hasta irme y estar en el monte tanto tiempo, también me ayudó a ver que definitivamente no soy la típica de allá, pero tampoco es que sea de acá de Bogotá.

Puede que no se vea tan claro de dónde soy, porque trabajo y vivo en Bogotá pero aprovecho cualquier día libre para volarme y ver cómo está todo en mi ciudad, qué han puesto de nuevo, qué sigue igual, quizá me he vuelto un poquito de ambas partes. Solo que voy siendo una versión distinta de Cartagena, o quizá no tanto según Mildre Cartagena y Cartagena Federal.

Estos dos ejemplos (no sé si llamarlos símbolos o reflejos) de nuestra cultura, me alegran porque veo que la gente se está sintieno orgullosa de lo que es, se está mirando a sí misma, se burla, se critica y se representa para mostar que hay muchas cosas más que se pueden hacer a lo que se supone que es ser cartagenera tradicionalmente.

Como yo.

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